Publicado el : 8/5/2020 12:00:00 AM por Admin

Cuando el coronavirus se desató en Occidente, Italia era el epicentro dantesco, un lugar que debía evitarse a toda costa y, para Estados Unidos y gran parte de Europa, sinónimo de una infección descontrolada.

“Miren lo que está pasando en Italia”, dijo el presidente estadounidense Donald Trump, a unos periodistas el 17 de marzo. “No queremos estar en una situación como esa”. Joe Biden, el postulante demócrata, se refirió a los hospitales saturados de Italia como prueba de su oposición a “Medicare para todos” en un debate presidencial. “Ahora no le está funcionando a Italia”, dijo.

Unos meses después, Estados Unidos ha sufrido decenas de miles de muertes más que cualquier otro país en el mundo. Las naciones europeas que en algún momento contemplaron a Italia con desdén ahora se enfrentan a nuevos brotes. Algunas están imponiendo restricciones nuevas y sopesando si deberían decretar otro confinamiento.

El 31 de julio, el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, anunció que habría un retraso en el relajamiento de restricciones que se había planeado, pues la tasa de infección de ese país ha aumentado. Incluso Alemania, un país elogiado por su respuesta eficiente y rigurosidad al rastrear contactos, advirtió a su población que un comportamiento negligente está provocando un repunte en el número de casos.

¿Y qué pasa con Italia? En sus hospitales casi no hay pacientes de COVID-19. Las muertes diarias atribuidas al virus en Lombardía, la región septentrional que más padeció la pandemia, son alrededor de cero. El número de casos diarios ha descendido drásticamente y es “uno de los más bajos de Europa y el mundo”, dijo Giovanni Rezza, director del Departamento de Enfermedades Infecciosas en el Instituto Nacional de Salud de dicho país. “Hemos sido muy prudentes”, afirmó.

Y afortunados. Hoy, a pesar de un ligerísimo aumento en el número de casos la semana pasada, los italianos tienen el optimismo modesto de que han controlado el virus, a pesar de que los principales expertos de salud en el país advierten que la complacencia sigue siendo el combustible de la pandemia. Están conscientes de que el panorama podría cambiar en cualquier momento.

La manera en que Italia ha pasado de ser un paria global a un modelo, si bien imperfecto, de la contención de un virus, es materia de estudio para el resto del mundo, incluyendo Estados Unidos, donde el coronavirus, que nunca ha estado controlado, ahora causa estragos en todo el país.

Tras un inicio dificultoso, Italia ha consolidado, o al menos conservado, los frutos de un confinamiento estricto a nivel nacional, los cuales obtuvo gracias a una mezcla de vigilancia y competencia médica adquirida con gran pesar.

Comités científicos y técnicos han guiado al gobierno. Los médicos locales, hospitales y autoridades de salud cada día reúnen más de 20 indicadores del virus y los envían a las autoridades regionales, quienes a su vez los mandan al Instituto Nacional de Salud.

El resultado es una radiografía semanal de la salud del país, en la que se basan las decisiones para implementar políticas. Una situación muy lejana del estado de pánico cercano al colapso que asoló a Italia en marzo.

La semana pasada, el Parlamento votó para extender los poderes de emergencia del gobierno hasta el 15 de octubre, después de que el primer ministro Giuseppe Conte argumentó que la nación no podía bajar la guardia “porque el virus sigue circulando”.

Dichos poderes permiten que el gobierno mantenga las restricciones y responda a la brevedad (incluso con confinamientos) ante nuevos brotes. El gobierno de Italia ya impuso restricciones a los viajeros procedentes de aproximadamente 15 países, pues ahora el principal temor del gobierno es la importación del virus.

“Hay muchas situaciones en Francia, España, los Balcanes, lo que significa que el virus no está en absoluto acabado”, dijo Ranieri Guerra, subdirector general de iniciativas estratégicas de la Organización Mundial de la Salud y médico italiano. “Podría volver en cualquier momento”.

No hay duda de que las privaciones del encierro fueron costosas para la economía. Durante tres meses se ordenó el cierre de negocios y restaurantes, el desplazamiento estuvo muy restringido (incluso entre regiones, pueblos y calles) y el turismo se detuvo. Se espera que Italia pierda alrededor del 10 por ciento de su producto interno bruto este año.

Pero, en un cierto punto, cuando el virus amenazaba con propagarse de manera descontrolada, las autoridades italianas decidieron anteponer la vida de las personas a la economía. “La salud de los italianos está primero y así será siempre”, dijo Conte en ese momento.

Las autoridades italianas ahora esperan que lo peor del virus les haya tocado en una sola dosis enorme (con aquel doloroso confinamiento) y que el país ahora esté a salvo para retomar su vida normal, aunque con limitaciones. Sostienen que la única manera de reactivar la economía es seguir reprimiendo el virus cada vez que aparezca, incluso ahora.

Esta estrategia de cerrar completamente recibió críticas de que la precaución excesiva del gobierno estaba paralizando la economía. Pero a la larga quizá resulte más provechoso que intentar reabrir la economía mientras el virus sigue devorando todo, como está sucediendo en países como Estados Unidos, Brasil y México.

Como en otras partes del mundo, eso no significa que las exhortaciones a la vigilancia continua hayan sido inmunes a la burla, la resistencia y la exasperación. En eso, Italia no difiere de los demás.

Los cubrebocas a menudo brillan por su ausencia o la gente se los quita en los trenes o autobuses, donde son obligatorios. Los jóvenes salen y hacen las cosas que hacen los jóvenes, y de esa manera se arriesgan a propagar el virus a los sectores más susceptibles de la población. Los adultos comenzaron a reunirse en la playa y en las parrilladas de cumpleaños. Todavía no hay un plan claro para el regreso a la escuela en septiembre.

Además hay un floreciente y políticamente motivado contingente antimascarillas liderado por el nacionalista Matteo Salvini, quien el 27 de julio declaró que remplazar los apretones de manos y abrazos por los choques de codos era “el fin de la especie humana”.

En sus mítines, Salvini, líder del partido populista Liga, aún da apretones de mano y usa el cubrebocas en la barbilla. En julio, durante una conferencia de prensa, acusó al gobierno italiano de “importar” inmigrantes infectados para crear nuevos focos de infección y extender el estado de emergencia.

Esta semana, Salvini se unió a otros escépticos de los cubrebocas —apodados “negacionistas” por los críticos— para protestar en la biblioteca del Senado, junto con invitados especiales como el cantante italiano Andrea Bocelli, quien dijo que no creía que la pandemia fuera tan grave porque “conozco a mucha gente y no conozco a nadie que haya terminado en terapia intensiva”.

Sin embargo, los principales expertos en salud del país dijeron que la falta de casos graves indica una disminución del volumen de infecciones, ya que solo un pequeño porcentaje de los infectados se enferman gravemente. Y hasta ahora, los inconformes de Italia no han sido tan numerosos o poderosos como para socavar lo que ha sido una trayectoria de éxito, ganada con grandes dificultades para combatir el virus tras un comienzo calamitoso.

El aislamiento inicial de Italia por parte de sus vecinos europeos al principio de la crisis, cuando casi no llegaban mascarillas y ventiladores desde el otro lado de las fronteras, pudo haber ayudado, dijo Guerra, el experto de la OMS.

“Inicialmente hubo competencia; no colaboración”, señaló Guerra. “Y todo el mundo reconoció que Italia se quedó sola en ese momento”. Como resultado, dijo, “lo que tuvieron que hacer en ese momento porque nos dejaron solos resultó ser más eficaz que en otros países”.

Italia primero puso en cuarentena las ciudades, luego la región de Lombardía en el norte y después a toda la península y sus islas, a pesar de que en gran parte del centro y sur de Italia el virus estaba prácticamente ausente. Esto no solo impidió que los trabajadores del norte industrial regresaran a sus hogares en el sur, que es mucho más vulnerable, sino que también fomentó y forzó una respuesta nacional unificada.

Durante el confinamiento, el desplazamiento estaba estrictamente limitado entre regiones y pueblos e incluso manzanas de la ciudad, y la gente tenía que rellenar formularios de “autocertificación” para demostrar que necesitaba salir por motivos de trabajo, salud u “otras necesidades”. Algunas autoridades regionales hacían cumplir los reglamentos de usar mascarilla y mantener el distanciamiento social con multas considerables. Generalmente, aunque de mala gana, las reglas eran respetadas.

A medida que se difundían las escenas desgarradoras de sufrimiento humano, las calles vacías y el elevado número de víctimas de una generación de ancianos italianos del norte, la tasa de transmisión del virus disminuyó rápidamente y la curva se aplanó, a diferencia de lo que ocurría en otros países europeos, como Suecia, que optó por una alternativa al encerramiento.

El hecho de que el brote inicial se localizara en hospitales abrumados creó una enorme tensión, pero también permitió a los médicos y enfermeras acelerar el rastreo de contactos.

Luego el país reabrió, poco a poco, ampliando las libertades a intervalos de dos semanas a fin de adaptarse al periodo de incubación del virus.

El confinamiento tuvo a la larga el efecto secundario de disminuir el volumen de virus que circulaba en la sociedad, reduciendo así la probabilidad de entrar en contacto con alguien que lo tuviera. Al final del encierro, la circulación del virus se había reducido drásticamente, y en algunas regiones centrales y meridionales casi no había cadenas de transmisión.

“Siempre es una cuestión de probabilidad con estos patógenos”, señaló Guerra y añadió que los nuevos sistemas de alarma temprana, como la inspección de las aguas residuales para detectar rastros de virus, habían reducido aún más la probabilidad de infección.

Algunos médicos italianos dicen que creen que el virus ahora se comporta de manera diferente en Italia. Matteo Bassetti, un médico especialista en enfermedades infecciosas en la ciudad noroccidental de Génova, dijo que durante el apogeo de la crisis, su hospital fue inundado con 500 casos de COVID-19 a la vez. Ahora, dijo, su unidad de cuidados intensivos, con 50 camas, no tiene pacientes con coronavirus, y la unidad de COVID-19 de 60 camas, construida especialmente para la crisis, está vacía.

Dijo que pensaba que el virus se había debilitado, una opinión no comprobada, reconoció, que sin embargo ha encontrado una audiencia entusiasta en Salvini y otros políticos que se oponen a extender el estado de emergencia.

La mayoría de los expertos en salud dijeron que el virus aún se cernía sobre el país, y mientras el gobierno considera un nuevo decreto para reabrir clubes nocturnos, festivales y viajes en cruceros, muchos de ellos han implorado al país que no baje la guardia.

“Aunque la situación sea mejor que en otros países, debemos seguir siendo muy prudentes”, dijo Rezza, del Instituto Nacional de Salud, y agregó que consideraba que era mejor plantearse la cuestión de qué había hecho bien Italia “al final de la epidemia”.

“No podemos descartar que tengamos brotes en Italia en los días siguientes”, dijo. “Tal vez sea solo cuestión de tiempo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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