Publicado el : 8/9/2020 12:00:00 AM por Admin

Se suponía que sería un año de finales y nuevos comienzos para Esther Adhiambo. Esperaba terminar el bachillerato, matricularse en la universidad y conseguir un trabajo para ayudar a su madre, una mujer soltera que dirige un pequeño negocio de sastrería en Mathare, un barrio popular de Nairobi.

En cambio, para Adhiambo y otros estudiantes kenianos, el 2020 se está convirtiendo en el año que desapareció. Los funcionarios de educación anunciaron en julio que se cancelaba el ciclo académico y que harían que los estudiantes lo repitieran. No está previsto que inicien clases sino hasta enero, cuando suele comenzar el año escolar en Kenia.

Los expertos en educación creen que Kenia es el único país que ha dado por perdido todo el año escolar y ordenó a los estudiantes que vuelvan a empezar.

“Es una gran pérdida y es muy triste”, dijo Adhiambo, de 18 años, quien quiere obtener un título y trabajar en medios de comunicación para ayudar a mantener a sus siete hermanos. “Esta pandemia lo ha destruido todo”.

Después de un debate que duró meses, se tomó la decisión de interrumpir el año académico no solo para proteger a los profesores y a los estudiantes del coronavirus, sino también para abordar los flagrantes problemas de desigualdad que surgieron cuando se suspendieron las clases en marzo, señaló George Magoha, el secretario de Educación. Después del cierre de las escuelas, algunos estudiantes tenían acceso a la tecnología para el aprendizaje a distancia, pero otros no.

No obstante, si bien la cancelación de todo el año escolar tiene como objetivo lograr una igualdad de condiciones, los investigadores afirmaron que esto podría acentuar las brechas ya existentes. Una vez que las escuelas vuelvan a abrir sus puertas, ninguno de los dos grupos de estudiantes estará al mismo nivel ni podrán competir en igualdad de condiciones en los exámenes nacionales, señalaron los expertos en educación de Kenia.

“Es como el día y la noche”, dijo Ken Ramani, economista de la educación y director de comunicaciones de la Universidad Técnica de Kenia, quien ha escrito ampliamente sobre la educación en ese país.

La decisión de suspender el año académico afecta a más de 90.000 escuelas y a más de 18 millones de estudiantes desde el preescolar hasta el bachillerato, e incluye a 150.000 más en los campos de refugiados, según el Ministerio de Educación. También se han aplazado los exámenes nacionales que suelen rendir los estudiantes en su último año de primaria y bachillerato, y no habrá admisión de estudiantes de nuevo ingreso en 2021.

Las universidades e institutos también han cerrado las clases presenciales hasta enero de 2021, pero tienen permitido continuar con la enseñanza virtual y las graduaciones.

Durante las últimas dos décadas, las escuelas privadas —desde jardines de infancia hasta escuelas secundarias— se han multiplicado por todo el país. Aproximadamente una cuarta parte de las escuelas en Kenia son privadas, apoyadas por empresarios privados, organizaciones religiosas y organizaciones sin fines de lucro. Algunas son empresas emergentes respaldadas por Bill Gates, el fundador de Microsoft o Mark Zuckerberg, director de Facebook.

Las escuelas privadas cobran tarifas que van desde decenas de dólares hasta decenas de miles de dólares al año.

Kenia, al igual que otros países, ha luchado para evitar que el coronavirus se propague y, al mismo tiempo, para mantener las escuelas y la economía en funcionamiento. Después de que las restricciones estrictas mantuvieron el recuento de casos en un nivel bajo, el país relajó las limitaciones de movilidad y en el último mes han presenciado un aumento considerable en los casos. El gobierno ha informado de 23.873 contagios y 391 muertes, pero, debido a la falta de acceso a pruebas masivas, la cifra puede estar muy por debajo de la real.

Cuando el gobierno cerró las escuelas en marzo, implementó clases a distancia transmitidas por radio, televisión y videos publicados en YouTube. Sin embargo, para la gran mayoría de los estudiantes, muchos de ellos de hogares pobres y rurales, el aprendizaje a distancia no era una opción. No tenían acceso a televisión, computadoras portátiles, internet o incluso a la electricidad necesaria para el funcionamiento de esos aparatos.

Esta era la realidad a la que se enfrentaba Johnian Njue, de 17 años, un alumno de bachillerato que vive en Nairobi pero que asiste a un internado público en el condado de Kwale, en el sureste de Kenia. Johnian fue criado solo por su madre en el barrio de Mathare y asistía a la escuela con una beca de rugby.

En su casa, con suministro eléctrico irregular y sin teléfono, libros de texto o internet, dijo que había recibido poca o nula instrucción de sus maestros y que no había podido acceder a las clases a distancia.

Y Johnian ha tenido que cuidar de sus dos hermanos menores que están en casa mientras su madre está fuera, lo que lo distrae, dijo, incluso cuando quiere estudiar por su cuenta.

Varios de sus amigos del barrio, dijo, han comenzado a abusar de las drogas, a robar bolsos y a convertirse en carteristas, y no estaban interesados en reunirse para estudiar.

“Ellos dicen: ‘no hay necesidad de leer. Vamos a repetir las clases el año que viene’”, dijo. Pero, agregó: “Me siento mal. Quiero terminar la escuela”.

Su experiencia no se parece a la de Verisiah Kambale de 11 años.

Desde marzo, Verisiah, alumna de quinto grado de la escuela privada Makini de Nairobi, ha tomado sus clases, incluidas las de matemáticas, ciencias e incluso educación física, a través de videos en vivo. Interactúa con sus maestros y también ha podido hablar con sus compañeros de clase durante los recesos.

Después de la escuela, toma clases en línea de teoría musical y clarinete. Ella y su hermano cuentan con el apoyo de sus padres, que trabajan desde casa.

Verisiah dijo que a pesar de que echa de menos las clases presenciales, disfruta estudiar en casa, estar con sus padres —que solían viajar mucho— y tener tiempo para escribir y dibujar. Incluso está compilando un libro de historias sobre las experiencias de niños de 11 años en la pandemia del coronavirus.

“He estado estudiando y trabajando duro”, dijo Verisiah. “No quiero repetir clases”.

Incluso después de que el gobierno canceló el resto del año escolar, algunas escuelas privadas siguieron impartiendo clases en línea y cobrando la colegiatura. Esto les ha ayudado a mantenerse a flote y a pagar el alquiler y los sueldos de decenas de miles de maestros, cocineros, bibliotecarios y técnicos de laboratorio, dijo Mutheu Kasanga, presidenta de la Asociación de Escuelas Privadas de Kenia.

Al menos 124 escuelas privadas se enfrentan al cierre debido a las limitaciones financieras que ha ocasionado la pandemia.

Kasanga aseguró que está consciente de que la pandemia ha puesto de manifiesto una “brecha digital” que se basa estrictamente en la situación socioeconómica de los padres pero, en vez de eliminar todo el año escolar (una medida que describió como “un castigo para los niños” a causa del brote), dijo que los funcionarios de educación debieron invertir en soluciones prácticas para mantener a los niños en la escuela, como dar prioridad a la conectividad a internet en zonas remotas.

“Como país, necesitábamos solidarizarnos con nuestra gente pobre y asegurarnos de que todos los hogares puedan ocuparse de la educación de sus hijos”, afirmó. Al no hacerlo, añadió, “hemos fracasado como país”.

Susannah Hares, codirectora del programa de educación global del Centro para el Desarrollo Global, un grupo de investigación, dijo que la decisión de mantener las escuelas cerradas hasta enero era “comprensible” porque las aulas de los planteles públicos están abarrotadas y muchos carecen de infraestructura para el lavado de manos.

No obstante, dijo que “es probable que la medida sea devastadora para los niños” porque los pobres estarán en desventaja y algunos no regresarán cuando las escuelas vuelvan a abrirse. Además, pronosticó que habrá más embarazos adolescentes y, sin los programas de alimentación escolar, más hambruna.

El gobierno de Kenia reconoció los desafíos inherentes al cierre de las escuelas, incluido el acceso desigual a las plataformas de aprendizaje, un posible aumento de la violencia doméstica contra los niños y la probabilidad de que aumenten las tasas de deserción escolar.

Magoha aseguró la semana pasada que el ministerio lanzará un programa comunitario que reunirá a los maestros con estudiantes que no tienen acceso a la educación.

No obstante, algunos padres que tienen a sus hijos en escuelas privadas no esperan que el gobierno reabra las escuelas el próximo año. Algunos están considerando la posibilidad de trasladar a sus hijos a escuelas inglesas, francesas u otras instituciones privadas extranjeras en Kenia, que todavía planean aplicar a sus estudiantes exámenes estandarizados en el extranjero al final de este año académico. Los alumnos que aprueben dichos exámenes podrán pasar al siguiente grado, mientras que los estudiantes que debían hacer los exámenes kenianos (que ahora están cancelados) quedarán rezagados.

“En el peor de los casos, cuando llegue enero, ¿qué pasará si el gobierno no está listo para abrir las escuelas?”, preguntó la madre de Verisiah, Serah Joy Malaba. “Hemos pensado en cambiarla a una escuela privada extranjera”, dijo.

Esa no es una opción para estudiantes como Adhiambo que están en escuelas públicas y cuyos padres no pueden pagar los miles de dólares que se cobran anualmente en las escuelas privadas.

Durante unos días a la semana, va a un centro comunitario local donde maestros voluntarios la ayudan a revisar su trabajo del curso.

“Al menos soy afortunada”, dijo sobre las sesiones de estudio. “Mis amigos ni siquiera tienen esto”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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